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Entrevista en BOCAS: el verdadero Juan Valdez

 

Entrevista en BOCAS: el verdadero Juan Valdez

Ha tenido bigote desde siempre, sabe cargar una mula y es cafetero de verdad.

 

Por: CAROLINA VENEGAS

23 de julio de 2014  

Foto: PAULA THOMAS/BOCAS

 

"En Cartagena conocí a Obama, a los reyes de España, a Gabo. A todos les ofrecí café. Ellos son personajes,yo soy un personaje".

 

De chiquito alguna vez quiso ser abogado, pero se dedicó al oficio del café, como otras 563.000 familias en Colombia.

 

Un reality privado de la Federación Nacional de Cafeteros lo escogió como el embajador de su marca consentida. Y él, que nunca había montado en avión, no sabía en qué se estaba metiendo. Eso no evitó que Carlos Castañeda se entregara de corazón a la ardua tarea de viajar por el mundo siendo otro, uno muy famoso.

 

Esta es la historia del hombre al que le dicen “Paciencia” y que, desde hace ocho años, interpreta a Juan Valdez.

 

Hace ocho años Carlos Castañeda era una persona que iba del campo a la casa y de la casa al campo. Incluso, pocas veces iba a la ciudad, mejor dicho, a Medellín, la más cercana a su finca. Ahora su rutina consiste en tomar varios aviones al mes para recorrer largas distancias en viajes relámpago en los que se reúne con celebridades a tomar café. No es un superejecutivo de una gran corporación, ni un rockstar o una diva del modelaje, pero sí es la cara más reconocida de nuestro país en el mundo.

 

Castañeda es Juan Valdez, el embajador del café colombiano. “Paciencia”, como le dicen a Carlos cuando no le dicen Juan, es oriundo de Andes, Antioquia, donde vivió toda su vida hasta que se convirtió en este ir y venir. Cuando niño, su profesora, Alba Osorio, le preguntó qué quería ser cuando grande y él contestó que abogado, pero solo cursó la primaria y luego pasó a trabajar con su papá en la finca. Es por eso mismo que su mayor orgullo en este momento es haber logrado que el mayor de sus tres hijos, Diego Alejandro, de 23 años, se haya convertido en profesional luego de haber terminado el bachillerato en la vereda de San Bartolo, la misma donde creció Carlos.

 

“Me siento muy orgulloso de los tres, pero sobre todo ahora de él que es profesional”, dice con una sonrisa transparente que le ilumina la cara. Su hija Verónica, de 19 años, va a empezar a estudiar nutrición y el menor, Carlos, está en octavo y es el más “relajao”, porque, de los tres, es el que más ha disfrutado de las comodidades que llegaron con “la oportunidad”, como le dice Castañeda a su trabajo.

 

Su esposa, Dora Helena Bedoya –a quien prometió iba a invitar a tomar “el algo” apenas la vio un día paseando por la vereda de Jardín–, dice que durante muchos años le alcahueteó todo y tal vez por eso Carlos se fue metiendo tranquilo en el cuento de tener una doble identidad. O tal vez porque no sabía muy bien lo que se le venía encima.

 

La historia empezó en 2006, cuando la Federación Colombiana de Cafeteros inició la búsqueda del hombre que reemplazaría a Carlos Sánchez, quien desde 1969 interpretó al icónico cafetero colombiano, dándole una personalidad que para los medios y fanáticos de la marca era la auténtica del campesino colombiano, honesta y transparente, y a la vez arriesgada, como para aventurarse a todos los rincones del planeta. Luego de 37 años Juan Valdez debía cambiar y ponerse al día con las nuevas generaciones: tener un blog, cuenta de Twitter, representar que el café es para todos, la bebida de siempre y la del futuro.

 

Y aunque un actor como Sánchez hubiera desempeñado el rol a la perfección, la Federación quería un cafetero original, uno que supiera de variedades de café, qué es trabajar en un cafetal desde las cinco de la mañana y al que no fuera necesario enseñarle a cargar una mula. Por otro lado, también tendría que saber comportarse en situaciones de protocolo, ser calmado para enfrentarse a los periodistas, tener una vida tranquila y ser capaz de desarrollar dotes de actor y modelo, por lo que un hombre guapo era más que bienvenido.

 

Para el proceso, liderado por la Federación, la Asociación Lope de Vega –dirigida por el actor Juan Ángel– y la compañía norteamericana Character LLC, varios grupos encargados de hacer castings recorrieron el país. En un punto había 406 candidatos, que luego se convirtieron en treinta, luego en diez y así, hasta llegar al actual Juan Valdez.

 

Las pruebas fueron rudas: casi un mes sin ver a su familia, visitas a restaurantes elegantes de comida japonesa, al Teatro Colón, ruedas de prensa con periodistas experimentados, horas infinitas rodando un comercial imposible, citas con sicólogos y un paso final que incluía dejar que los candidatos pasearan con libertad por Cartagena con plata en los bolsillos. Carlos, con su buena pinta y “gozando, haciendo chistes”, las pasó todas y desde un principio se perfiló como uno de los favoritos, sobre todo por su buena disposición, sencillez y autenticidad.

 

En realidad, Carlos sigue siendo el mismo caficultor de hace ocho años, paisa (repaisa), al que le obsesiona hablar de café. Todavía no tiene un teléfono inteligente y recibe la correspondencia en un apartado aéreo. Es tímido, pero seguro para hablar. Parece que calcula las primeras impresiones; sin desconfianza, pero con cautela.

 

Eso sí, ahora lo obsesiona el sushi, pero sigue prefiriendo los cubiertos aunque aprendió a comer con palitos.

 

Cuando le queda un tiempo en sus viajes, entre café y café, sale a pasear a mercados japoneses (de esos que empiezan a comerciar atún a las tres de la mañana), a las cataratas del Niágara y a los museos Picasso y Reina Sofía, en Madrid, seguramente caminando pausadamente, sin afán, como lo hace cuando está en un cafetal.

 

Es otro, pero sigue siendo el mismo.

 

¿Usted si es cafetero de verdad?

Cafetero, cafetero. Mi bisabuelo fue cafetero; mi abuelo, que aún vive y va por los cien años, un espectáculo de señor, es cafetero; mi padre fue cafetero. Crecí al lado de diez hermanos, todo muy antioqueño, todos dedicados al café.

 

¿Y cómo le iba en el colegio?

Mi papá nos dio lo básico, la primaria. Estudié hasta cuarto y ahí me dediqué a ayudarle a mi papá en los quehaceres de la finca: abonar, desyerbar, recolectar café, el lavado, el despulpado... todo. Era un niño muy calmado.

 

¿Cómo fue que se ganó el apodo de “Paciencia”?

 

En San Bartolo, cuando fui presidente de una junta de acción comunal nueve años. Era líder y trataba de ayudar a la gente que más lo necesitaba para que tuviera mejor calidad de vida y vivienda. En ese entonces proponíamos proyectos que de un mes para otro no salían, entonces yo andaba repitiendo que tuvieran un poco de paciencia, que las cosas van saliendo cuando deben.

 

¿Cómo es el cuento de la rifa del carro?

 

Un amigo del pueblo, que era presidente de una Asocomunal, me vendió una boleta para una rifa. Le dije que me diera cualquiera. Yo la eché por allá en un cajón y ni me volví a fijar. Un sábado salí a trabajar, y como a las cuatro de la tarde me llamaron a decirme que me había ganado el Renault 12. Vendí el carro y con eso pagué la mitad de la finca a mi padre. Y ahí estuve siete años hasta que apareció el tema en el que estoy metido ahora. Esta gran responsabilidad que tengo.

 

¿Cómo se convirtió en Juan Valdez?

 

Hay gente que dice que eso fue como una especie de reality…

Sí fue como un reality, lo que pasa es que nadie lo vio.

Un reality privado…

Sí, la Federación quería algo muy claro, transparente. Fueron muy cuidadosos. Hasta estuvimos en claustro un mes.

 

¿Dónde empieza la historia del nuevo Juan Valdez?

 

Un domingo de mercado en Andes. Me senté con un amigo a tomarme una cerveza y salí un momentico. Cuando regresé, había un grupo de personas entrevistando a mi amigo. Él me preguntó que si me interesaba. Yo no sabía, pero contesté “hagámosle”. El equipo de producción estaba a punto de perder el vuelo, pero se quedaron, me entrevistaron, me tomaron una foto y se fueron. No fue más.

 

¿Le dijeron que estaban buscando a Juan Valdez?

 

Sí. Cuando la muchacha encargada me contó, le contesté que eso tenía que ser mentira, que cómo lo iban a cambiar. Pero había un extensionista con ellos, un miembro del comité de cafeteros, y eso me dio confianza. Me preguntaron si quería participar y me hicieron firmar un documento en el que aseguraba que no le iba a decir a nadie. Ni a mi esposa.

 

¿Y no le contó?

 

Cuando llegué a la finca le dije: “Me pasó algo tan raro hoy en el pueblo”. Y ella me contestó que yo qué andaba inventándome para irme a andar.

 

¿Le adelantaron algo más?

No. Me pidieron el número de teléfono y el correo electrónico. Yo les di el teléfono, porque correo no tenía, ni sabía qué era eso. Luego, unos quince días después, me llamaron y me mandaron a empacar maletas para ocho días y a presentarme en un hotel de Medellín.

 

¿Se imaginó alguna vez lo que implicaba meterse en esto?

No, no, nada. Yo me fui metiendo así, tranquilo. Yo pienso que a uno no le va a pasar nada malo, entonces siempre digo “vamos, hagámoslo”.

 

¿Qué hicieron en Medellín?

 

Pruebas de actuación, con periodistas, cosas para entender el personaje poco a poco.

 

¿Cómo le fue con la actuación?

 

Pues se me daba muy natural. Si ellos me eligieron es porque lo hice bien, ¿no? Pero sí hice las cosas con mucho temor, pensando “¿en dónde estoy metido?”.

 

¿Conocía a alguno de los participantes?

 

No, ninguno. Éramos catorce de Antioquia, pero no conocía a nadie.

 

¿Qué siguió en el proceso?

 

Llegamos un miércoles a Medellín y nos mandaron a la casa el viernes. Yo no entendía por qué no habían escogido a nadie. Entonces el lunes, como a mediodía, me senté a almorzar con mi esposa y sonó el teléfono. Era Juan Ángel, el actor de televisión. Para mí era una sorpresa que un actor de televisión me llamara. Y me dijo: “Carlos, usted está entre los 30 a nivel nacional”. Y otra vez que hiciera maletas, que me esperaban en el aeropuerto. Yo nunca había montado en avión, pero igual fui.

 

¿Le dio miedo el viaje en avión?

 

Me monté en el avión tratando de que fuera normal. Pensaba “yo no voy a mostrar acá de dónde soy y de dónde vengo”. Todo muy normal. Rico. Ahí empezó el proceso. Duramos un mes en Bogotá con los otros 26 compañeros de todo el país.

 

¿Todos con bigote?

 

Casi todos. Los que no tenían usaban uno postizo para las pruebas.

 

¿Usted siempre ha tenido bigote?

 

Siempre, siempre.

 

Y en Bogotá empezaron las pruebas de verdad...

Sí, ahí sí era como un reality porque cada semana despachaban a varios. Los días lunes o martes eran muy duros porque ya nos estábamos empezando a meter en el cuento. Aunque yo me preparaba sicológicamente, porque sabía que si no pasaba me devolvía a la finca a hacer las cosas que sé hacer… Cuando a uno le decían que seguía, pues otra semana más. Los otros sí quedaban muy aburridos.

 

¿Qué pruebas les hicieron?

Una que me dejó marcado fue la prueba con periodistas. Primero nos dijeron que cuando ellos preguntaran debíamos de responder como el personaje. Fue en orden alfabético, entonces ni modo: Castañeda en primer lugar. Ese año justo estábamos en elecciones y me preguntaron: “Juan, ¿usted por quién va a votar el domingo?”. Tuve un momento de lucidez y en medio de los nervios contesté: “El voto es secreto”. Así aprendí que toca con paciencia, pensar con calma…

 

La política de la paciencia...

 

Sí, afortunadamente soy muy calmado para responder, para hacer las cosas. Uno tiene que ser muy calmado antes de hablar para que luego a uno no le vaya a pesar.

 

¿Alguna prueba de resistencia?

 

Una vez nos encerraron en un estudio casi 24 horas dizque para grabar un comercial. Supuestamente se les dañaban las cámaras, no llegaban las cosas. Las lámparas nos hacían sudar. Yo me senté a esperar.

 

¿Alguno de los participantes se quebró en ese momento?

 

Hubo dos que pidieron que los sacaran, no aguantaron más, decían que no servían para eso.

 

¿Qué papel desempeñaban las familias de los participantes?

 

Yo hablaba todo el tiempo con mi familia, entonces no me sentía solo. Cuando éramos diez finalistas, fuimos a Armenia a que conocieran a nuestras familias. Mi familia sí que menos había montado en avión. En esa época el invierno estaba muy agresivo y por donde nosotros vivimos siempre hay muchos derrumbes y la vía queda tapada. Llamé a mi esposa y le dije: “No sé cómo vaya a hacer, pero necesito que lleguen acá”. Y allá llegaron.

 

¿Fue ahí cuando eliminaron a los otros?

 

De ahí nos mandaron de nuevo a la casa. A los pocos días me llamaron a decirme que estaba entre los cinco, que viajara a Bogotá de nuevo y que no contactara a nadie. Y claro, a uno le pica la mano…

 

¿Lo sorprendieron con la noticia o lo hicieron sufrir otro poco?

 

Llegó la una de la tarde y yo seguía encerrado en el hotel viendo fútbol, eso fue hace ocho años, entonces era época de mundial. A la una me llamó mi amigo del aeropuerto a contarme que se iba, que yo qué. Como a las cinco me llamaron y me dijeron que me presentara en la Federación. Yo no sabía qué les habían dicho a los otros.

 

Estaba totalmente ciego. Me subieron y me bajaron y finalmente llegué a una habitación donde estaban todos los compañeros de producción, las cámaras… Yo pregunté qué pasaba. Entonces el doctor Gabriel Silva, gerente general de la Federación, me sentó y me dijo: “Usted es el nuevo Juan Valdez”. Me levanté, lo abracé, le dije que iba a tratar de hacer el mejor trabajo posible y de ahí en adelante no sé qué pasó porque me desconecté.

 

¿Ya estaba entendiendo en qué se había metido?

 

No, nada. Llamé a mi familia, a mis padres y les conté. Y por la noche en el hotel andaba como aturdido.

 

¿Cuál fue su primer evento como Juan Valdez?

 

Precisamente la celebración de los 45 años de la cooperativa de Andes. Cuando me montaron en el camión de bomberos con el doctor Silva, empecé a entender dónde estaba metido porque la gente lloraba feliz. No pude caminar por mis calles tranquilo, fue ahí cuando entendí la grandeza de mi responsabilidad.

 

¿Y esto lo ha cambiado?

 

Mi papá decía que cuando se es cafetero se sigue siendo cafetero siempre, así viva en la ciudad. Y en ese entonces mi hijo pequeño, que tenía como 4 o 5 años me dijo: “Papi, no se le olvide de dónde venimos”. Imagínese.

 

¿Cuál fue su primer gran viaje?

A la Casa Blanca. Y ahí sí terminé de despertarme. Porque entrar a la Casa Blanca a conocer a George Bush y ofrecerle café es otra cosa.

 

¿A qué otros personajes les ha servido café?

 

En Cartagena conocí a Obama, a los reyes de España, a Gabo. A todos les ofrecí café. Ellos son personajes, yo soy un personaje. Ellos lo disfrutan y yo también. Me emocionó mucho servirles café al príncipe Felipe y a su esposa Letizia, que ahora son reyes de España. Estábamos en una feria en Madrid y ellos pasaron por el stand, pararon y vinieron a donde estaba el personaje. Yo les ofrecí café.

 

¿Se pone nervioso?

 

Para mí los personajes no son intocables… Nervios sí me dan, pero ese personaje es un ser humano como yo, seguramente con más poder y más capacidades, pero yo estoy para brindarles café.

 

¿Y cómo funciona el protocolo?

 

Uno tiene cierto conocimiento. Uno no estira la mano si ellos no lo hacen. Esas cosas se las enseñan a uno y son detalles que tal vez la gente no ve, pero tiene que ver con el respeto. Generalmente el personaje aparece, le ofrezco café y vuelve a desaparecer.

 

¿Algún personaje ha sido antipático?

 

De pronto no personajes reconocidos, pero algunas veces gente de la calle me ha hecho pasar tragos amargos.

Y a uno le da tristeza. Pero el personaje [Juan Valdez] no puede decir nada.

 

¿Es pesado andar de gira por el mundo?

 

Es muy pesado. Los viajes nacionales o en Suramérica, esos sí son un paseo. Pero cuando toca ir a Asia o Europa es otro cuento. La gente puede ver al personaje en televisión, en un aviso, y decir “qué tan rico”, pero la gente muchas veces no sabe que detrás de ese personaje hay un ser humano que tiene que hacer las cosas bien y entretenerse en algo. Que tiene una vida. Mucha gente le dice a uno “llegó de paseo”, pero nadie se imagina las cosas que hay detrás de todo eso. Lo agotador. Me han metido como dos o tres veces al cuartico y nadie sabe lo feo que es cuando empiezan a interrogarlo a uno. Pero también hay anécdotas bonitas con eso…

 

¿Con el cuartico?

 

Me pasó en Canadá. Iba en un viaje que era de un día para otro. Llegamos a Canadá una noche, dormimos y al otro día tuvimos una reunión con unos empresarios, una media hora, y nos devolvimos al hotel, empacamos y nos fuimos. Cuando llegamos al aeropuerto, que hace frontera con Estados Unidos, el oficial me preguntó que para dónde iba. “A Colombia”, le contesté. “Pero usted llegó ayer”, me dijo él con sospecha. Pues claro que no le pareció normal. Me preguntó que qué hacía. Le dije que trabajaba con la Federación, que soy Juan Valdez.

 

Entonces el tipo se paró en una silla y empezó a gritar que estaba atendiendo a Juan Valdez. A mí se me puso la piel de gallina. El tipo estaba “matao”.

 

¿Y en seguida la fila para tomarse fotos?

 

¡Claro! Donde me descuide me hacen perder el vuelo. Porque es que además Juan Valdez no puede decir que no. Afortunadamente las personas con las que viajo sí pueden decir que no y me sacaron de ahí.

 

¿Cómo hace para no perder la cabeza entre viaje y viaje?

 

Primero que todo me lo gozo. Trato de hacer que el camino sea amable y chistoso. A veces me ha tocado duro.

Cuando uno anda viajando tanto, metiéndose en tanto hotel, uno anda desubicado. Toca despertarse con calma y preguntarse “¿dónde estoy?”. Y ordenar todo.

 

¿Ha querido dejar botado todo?

 

En una gira por Japón llegó un día en el que estaba tan agotado que pensé que ya no quería más, quería descansar, con mi familia, con mi comida, con mi idioma. Estábamos en un hotel y nos fuimos luego para otro. Uno pequeñito, pequeñito, donde uno escasamente cabía en la habitación. Y me senté a llorar. Pero luego pensé que es más duro estar metido en un cafetal cuando llueve y hace sol, y que esto que hago por los caficultores vale mucho la pena.

 

¿Le coquetean las mujeres a Juan Valdez?

Tengo una anécdota con eso. Estábamos haciendo la campaña en la tienda de la calle 45 de Nueva York y, cuando llegamos, vi que la fila no se acababa. Y yo veía que una señora me miraba y me miraba. Cuando llegó me dijo: “Una foto, pero te voy a hacer algo”, y me cogió la cola. No pude ni reaccionar y ella salió corriendo.

Debe estar lleno de anécdotas por el estilo…

 

Llevo una agenda donde trato de apuntar detalles y anécdotas. Sí, tengo bastantes. Por ejemplo, en mi primer viaje a Miami me pasó que cuando llegamos al avión –no sé quién dio la información–, el piloto saludó y dijo: “Gracias a Juan Valdez por volar con nosotros”. Entonces la gente empezó a aplaudir. Eso también me ayudó a aterrizar en lo que me había metido.

 

¿Se siente famoso?

 

La marca es muy famosa. El personaje es famoso. De pronto yo también, pero la fama es una ilusión y lo que toca hacer es trabajar.

 

¿Acumula millas?

 

Claro. Mi hijo las ha usado para ir a Argentina. Y una sobrina de mi esposa, que es monja, también las usó. Me dijo: “quiero ir al Vaticano” y tenga. Se fue adonde el papa… Qué no habrá hecho esa muchachita por allá.

 

¿Habla con Carlos Sánchez, el Juan Valdez anterior?

 

Al principio hablaba mucho con él y le pedía consejos, que me diera su toque secreto para diferentes ocasiones.

Y él siempre me dijo que por el camino se va aprendiendo. “Hay ciertas cosas que yo te puedo enseñar, pero hay cosas que el mismo trabajo se va encargando de que aprendas a manejar”, me decía.

 

¿Cómo fue recibir al personaje de manos de él?

 

En una ceremonia él debía entregarme el carriel, el sombrero, la mulera, todo eso. En un ensayo hay un momento en que él se equivoca y cuando va a entregar el personaje lo traiciona la conciencia o el subconsciente, como sea, y en vez de decir “vengo a entregar a Juan Valdez” dijo “vengo a enterrar”. Eso me conmovió mucho porque vi que llevaba la marca en el alma. Además, alguien tan profesional, equivocarse así… Muy duro en el momento.

 

Pero gratificante por recibir de él el personaje.

 

¿Y cómo cuida a Juan Valdez? ¿Lo pone a dieta? ¿El bigote?

 

El bigote nunca me lo he cortado. Nunca. Y lo de la dieta es muy difícil. En este momento tengo que bajar de peso, pero no es nada nada fácil.

 

¿Qué pasa con Carlos después de Juan Valdez?

 

Llego al hotel y pongo los pies en la pared para que se deshinchen, para descansar…

 

¿Ha sentido que le cuesta trabajo lidiar con la doble personalidad?

 

No, no ha sido raro. Cuando en la calle me llaman por el nombre de Juan Valdez siempre hago el chiste y digo que no, que soy Carlos, que Juan Valdez está en la casa, guardado en el clóset. Y ya. Listo. Porque yo hago el personaje, es una marca, pero yo sigo siendo Carlos Castañeda, un ser humano, con un camino propio. Cuando tengo el traje soy Juan Valdez. De resto no, soy Carlos.

 

¿Qué otro café del mundo es bueno?

 

El de Colombia.

 

Otro…

No, el de Colombia.

 

CAROLINA VENEGAS

FUENTE: REVISTA BOCAS

 

 

 

 

 

 

 

   
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